viernes, 17 de febrero de 2023

El Soft Power y La Política Estadounidense (Post Original)

 

El Soft Power y La Política Estadounidense 




El poder blando se desarrolla a partir de Estados Unidos, a partir de los valores domésticos y a partir de la política exterior. Muchos de los efectos de la cultura, para bien o para mal, están fuera del control del gobierno. Pero el gobierno todavía puede hacer mucho. Se puede mejorar la diplomacia pública en todas las dimensiones y también las considerablemente nuestras capacidades de difusión así como nuestra escasa presencia en Internet. Pero ambas también deberían basarse en una mejor capacidad de escucha. Newt Gingrich ha escrito que “el impacto y el éxito de una nueva estrategia de comunicación de Estados Unidos debería medirse continuamente país por país. Una compañía independiente de asuntos públicos debería informar semanalmente sobre cómo los mensajes de Estados Unidos son recibidos en, al menos, los cincuenta mayores países del mundo. El semejante enfoque nos ayudaría a seleccionar los temas relevantes así como a afinar en nuestras respuestas a corto plazo. Y deberíamos incrementar seriamente nuestras inversiones en poder blando. Podríamos permitirnos fácilmente duplicar el presupuesto que destinamos a la diplomacia pública, así como mejorar tanto su perfil como su dirección desde la Casa Blanca. Es igualmente importante incrementar los intercambios entre las sociedades que permitan a nuestros ricos y diversos sectores no gubernamentales interactuar con los de otros países. Fue un gran error para la Administración Clinton y el Congreso recortar en un treinta por ciento el presupuesto de la diplomacia cultural y los intercambios. La comunicación más efectiva a menudo no es la que se produce a través de medios de difusión distantes, sino con contactos cara a cara como lo que Edward R. Murrow llamó comunicación “a un metro”. A menudo, los mejores comunicadores no son los gobiernos sino los civiles, tanto los que proceden de Estados Unidos como de otros países. Necesitaremos ser más inventivos en este área, ya sea encontrando formas de mejorar los procedimientos de concesión de visados para los intercambios educativos, animando a más estudiantes americanos a estudiar fuera, repensando el rol de los Peace Corps, inventando un programa mayor para extranjeros para que enseñen sus lenguas en escuelas americanas, fundando una corporación para la diplomacia pública que saque provecho de los recursos de los sectores privados y sin ánimo de lucro, o según una miríada de otras vías. Tal y como ha observado Michael Holtzman en relación al Oriente Medio, nuestra diplomacia pública debe reconocer un mundo que es mucho más escéptico hacia los mensajes del gobierno de lo que habíamos asumido. “Para ser creíble de cara a la denominada calle árabe, la diplomacia pública debería dirigirse principalmente a las esferas de la vida cotidiana. Washington debería invertir su dinero en ayudar a los médicos, profesores, empresarios, líderes religiosos, equipos deportivos y actores americanos a salir fuera y proveer los tipos de servicios que los habitantes del Oriente Medio anhelan”. Tal y como vimos en el capítulo dos, muchos de los problemas sociales y políticos que tiene Estados Unidos en casa son compartidos con otras sociedades postmodernas, pero estas comparaciones tan odiosas no socavan seriamente nuestro poder blando. Por otro lado, mantenemos nuestra fuerza en la apertura de ideas, libertades civiles y democracia que atraen a los demás. Los problemas para nuestro poder blando se incrementan cuando no vivimos de acuerdo a nuestros propios estándares. Mientras luchamos para encontrar el equilibrio adecuado entre seguridad y libertad en la lucha contra el terrorismo, es importante recordar que otros también nos están viendo. La Administración Bush se merece algún crédito al responder a las acusaciones de los grupos de defensa de los derechos humanos acerca de las torturas a sospechosos, y rechazar inequívocamente la utilización de cualquiera de las técnicas de interrogatorio que constituyen un trato “cruel” prohibido por la constitución. Algunas políticas domésticas como la pena capital y la ausencia de control de las armas, reducen el atractivo de Estados Unidos en otros países, pero también son el resultado de valores distintos que pueden persistir por un tiempo. Otras políticas, como el rechazo a reducir la producción de vehículos emisores de gas, dañan la reputación americana porque parecen ser autoindulgentes y muestran la falta de voluntad a la hora de considerar los efectos que producimos sobre el cambio climático global y sobre otros países. De forma similar, los subsidios a la agricultura doméstica, estructurados para proteger a granjeros ricos, mientras preconizamos las virtudes del libre mercado a los países pobres, es percibida como hipócrita a ojos de los demás. En una democracia, el “perro” de la política doméstica a menudo es demasiado grande para ser desplazado por “la cola” de la política exterior, pero cuando ignoramos las conexiones entre los dos, nuestra aparente hipocresía es costosa para nuestro poder blando. La manera en el que el gobierno puede hacer un máximo a corto plazo para recuperar las recientes pérdidas americanas de poder blando es ajustando el estilo y sustancia de nuestra política exterior. Obviamente, hay veces en las que la política exterior sirve a intereses nacionales fundamentales, y no puede y no debería ser modificada. Pero a menudo, las tácticas pueden ajustarse sin abandonar los intereses básicos. El estilo puede ser la parte más fácil de cambiar. Para empezar, la Administración podría volver a la sabiduría de la humildad y a las advertencias en contra de la arrogancia que George W. Bush expresó en su campaña electoral del año 2000. No hay necesidad de divertirte avergonzando a los aliados, o de tener un secretario de defensa que les insulte mientras el secretario de estado intenta ganarlos. Tal y como escribió un columnista británico en el Financial Times, “tengo una especial debilidad por Donald Rumsfeld. Pero como embajador de los valores americanos tan admirados alrededor del mundo no puedo pensar en nadie peor. El Primer Ministro Tony Blair lo puso de manifiesto en su discurso del año 2003 ante el Congreso Americano, cuando dijo que ahora el desafío real para Estados Unidos es mostrar que esto es una asociación basada en la persuasión y no en el dominio. La parte más importante de la política de la Administración Bush se merece el reconocimiento por los esfuerzos a la hora de alinear a Estados Unidos con las aspiraciones a largo plazo de los pueblos pobres en África y de todo el mundo a través de su iniciativa “Desafío del Milenio”, que promete incrementar la ayuda a aquellos estados que se comprometan a realizar reformas, así como a incrementar sus esfuerzos para combatir el sida y otras enfermedades infecciosas. El éxito en la implementación de estos programas representará una inversión significativa en poder blando. También lo será la promoción real del proceso de paz en Oriente Medio. La Asesora de Seguridad Nacional Condoleezza Rice ha dicho, Estados Unidos es un país que realmente tiene que estar comprometido con los valores y con la mejora en las condiciones de vida de la gente alrededor del mundo no es solo la espada, es la rama de olivo la que comunica esas intenciones. En relación a la espada, Estados Unidos la continuará necesitando de cuando en cuando en su lucha contra el terrorismo y en nuestros esfuerzos para crear estabilidad. Mantener nuestro poder duro es esencial para la seguridad. Pero no tendremos éxito únicamente con la espada. Nuestra doctrina de contención nos llevó al éxito en la Guerra Fría, no solo a causa de la disuasión militar sino también porque, tal y como el famoso diplomático George Kennan diseñó la política, nuestro poder blando ayudaría a transformar al Bloque Soviético desde dentro. La contención no fue una doctrina militar estática sino una estrategia transformativa, aunque una que tardó décadas en realizarse. De hecho, Kennan advirtió frecuentemente contra lo que él entendía como la sobre militarización de la contención, y fue un férreo defensor de los contactos e intercambios culturales. Aquellas lecciones sobre la paciencia y la combinación de poder duro y poder blando siguen siendo de gran ayuda. Cuando usamos nuestro poder duro, necesitamos estar más atentos a las formas para que sean menos costosas para nuestro poder blando, creando amplias coaliciones. Aquí el modelo debería ser el trabajo paciente y esforzado de George H. W. Bush a la hora de formar la coalición para la primera Guerra del Golfo. Aquellos que dan por perdida a la “Vieja Europa” como tan embaucada por Venus que está totalmente opuesta al uso de la fuerza deberían recordar que el setenta y cinco por ciento de los franceses, y el sesenta y tres por ciento de los alemanes, apoyaron el uso de la fuerza para liberar Kuwait antes de la Guerra del Golfo. De forma similar, ambos países fueron participantes activos en el uso de la fuerza por parte de la OTAN contra Serbia en la Guerra de Kosovo de 1999, a pesar de la ausencia de una resolución formal del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. La diferencia en estos dos casos era que el uso de la fuerza parecía legítimo. Teníamos poder blando, y éramos capaces de atraer aliados. Las Naciones Unidas no son la única fuente de legitimidad, y mucha gente concluyó que la campaña de Kosovo era legítima porque tuvo el apoyo de facto de una gran mayoría de los miembros del Consejo de Seguridad. Las Naciones Unidas son a menudo una organización difícil de manejar. El poder de veto en el Consejo de Seguridad ha supuesto que únicamente haya sido posible autorizar el uso de la fuerza para una verdadera operación de seguridad colectiva en dos ocasiones en medio siglo: en Corea y en Kuwait. Pero fue diseñada para ser un concierto de grandes potencias que no funciona cuando estuviesen en desacuerdo. El veto es como el cuadro de luces del sistema eléctrico de una casa. Mejor que salten los plomos y se apaguen las luces para que la casa arda. Además, tal y como Kofi Annan apuntó después de la Guerra de Kosovo, las Naciones Unidas están divididas entre la interpretación estricta y tradicional de la soberanía estatal y el ascenso del derecho humanitario internacional y de los derechos humanos, que establecen límites a lo que los líderes puedan hacer con sus ciudadanos. Asimismo, las políticas de consenso han hecho que la Carta de Naciones Unidas sea virtualmente imposible de modificar. Sin embargo, a pesar de todos sus fallos, las Naciones Unidas han probado ser útiles en sus roles humanitarios y de mantenimiento de la paz ahí donde los estados se ponen de acuerdo, y sigue siendo una importante fuente de legitimidad en la política internacional. Este último punto es particularmente irritante para los nuevos unilateralismo, que apuntan correctamente a la naturaleza antidemocrática de muchos de los regímenes que votan y presiden comités. Pero la solución que proponen de sustituir las Naciones Unidas por una nueva organización de democracias ignora el hecho de que las mayores divisiones en relación a Irak se dieron entre democracias. Antes que entablar esfuerzos fútiles para ignorar las Naciones Unidas o para cambiar su arquitectura, deberíamos mejorar nuestra diplomacia bilateral subyacente junto con la de los otros grandes poderes y utilizar las Naciones Unidas de forma práctica para que pueda ayudar con la nueva estrategia. Además del desarrollo de las Naciones Unidas y de su agenda humanitaria, el Consejo de Seguridad podría terminar jugando un papel de fondo en relación a Corea del Norte; el Comité Contra el Terrorismo puede instar a los estados a mejorar sus procedimientos; y las tropas de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas pueden librarnos de tener que ser el único policía del mundo. Las Naciones Unidas pueden sernos útiles en una gran variedad de formas prácticas si trabajamos en ello; los ataques unilaterales en su contra realizados por americanos se volverán en contra nuestra de forma tal que recortará nuestro poder blando. Los americanos están todavía trabajando para encontrar su camino tras el 11 de Septiembre. Estamos buscando a tientas un camino a través del extraño nuevo paisaje creado por la tecnología y la globalización, cuyos aspectos oscuros fueron iluminados de forma vívida en aquella ocasión traumática. La Administración Bush ha identificado correctamente la naturaleza de los nuevos desafíos que afronta la nación y ha reorientado la estrategia en consecuencia. Pero la Administración, al igual que el Congreso y el público, se ha visto dividida entre las diferentes perspectivas acerca de la implementación de la nueva estrategia. El resultado ha sido una mezcla de éxitos y fracasos. Hemos sido más exitosos en el ámbito del poder duro, donde hemos invertido más, nos hemos entrenado más y tenemos una idea más clara de lo que estamos haciendo. Hemos tenido menos éxito en las áreas del poder blando, donde nuestra diplomacia pública ha sido lamentablemente inadecuada y donde nuestra negligencia de los aliados e instituciones ha creado una sensación de ilegitimidad que ha despilfarrado nuestro atractivo. Y sin embargo esta situación es irónica porque Estados Unidos es el país que está en primera línea de la revolución de la información, y es el país que construyó algunas de las alianzas e instituciones más duraderas que ha visto el mundo moderno. Deberíamos saber cómo adaptarnos y trabajar con dichas instituciones, al haber sido centrales para nuestro poder durante más de medio siglo. Y Estados Unidos es un país con una vida social y cultural vibrante que proporciona un número casi infinito de puntos de contacto con otras sociedades. Y lo que es más, durante la Guerra Fría demostramos saber utilizar los recursos de poder blando que produce nuestra sociedad. Es el momento de aprovechar y combinar nuestras tradiciones de forma diferente. Necesitamos más Jefferson y menos Jackson. Nuestros wilsonianos están en lo correcto en cuanto a la importancia de la transformación democrática de la política internacional a largo plazo, pero necesitan recordar el papel de las instituciones y de los aliados. También necesitan templar su impaciencia con una buena combinación de realismo hamiltoniano. En suma, el éxito de Estados Unidos dependerá de que desarrollemos una mejor comprensión del papel del poder blando, y de que desarrollemos un equilibrio mejor entre poder duro y blando en nuestra política exterior. Éste será el poder inteligente. Lo hemos hecho antes; podemos volver a hacerlo.


Referencia:

Nye Jr, JS y Ruiz, JT (2010). Prefacio y Capitulo 5 "El poder blando y la politica exterior americana". Relaciones internacionales: Revista académica cuatrimestral de publicación electrónica , 14 , 117-14

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