domingo, 12 de febrero de 2023

Soft Power y el Imperio Americano (Post Original)


Soft Power y el Imperio Americano

No todo el mundo está de acuerdo con esta imagen de la naturaleza cambiante de la política mundial, y por ello esas voces discrepantes recomiendan una aproximación diferente a la política exterior americana. Muchos alegan que nuestra nueva vulnerabilidad requiere un nivel mucho más alto de poderosos controles. Por otra parte, ahora nuestro poder sin precedentes lo hace posible. El escritor Robert Kaplan ha argumentado que, hoy es un cliché afirmar que Estados Unidos posee un imperio global; la cuestión ahora es cómo debería de operar el imperio americano a nivel táctico para dirigir un mundo ingobernable. William Kristol, editor de la revista neoconservadora The Weekly Standard, afirma, “tenemos que pecar de ser fuertes. Y si la gente quiere decir que somos un poder imperialista, bien. Al escribir en 2001 en la misma revista, Max Boot se mostró de acuerdo en el artículo que lleva el explícito título Razones para la creación de un Imperio Americano. Hace tres décadas, la izquierda radical utilizó el término “Imperio Americano” como un epíteto despectivo. Ahora el término ha salido fuera del armario y es usado por numerosos analistas tanto de la izquierda como de la derecha para explicar y guiar la política exterior americana. Andrew Bacevich, por ejemplo, alega que la noción de un imperio americano está ganando un respeto dominante, y no deberíamos preocuparnos por los detalles semánticos y las connotaciones negativas de la palabra imperio. Pero las palabras importan. En Alicia en el País de las Maravillas, la Reina de Corazones le dice a Alicia que puede hacer que las palabras signifiquen lo que ella quiera. Pero el mundo del siglo XXI no es el País de las Maravillas. Si queremos comunicarnos claramente con los demás, tenemos que tener cuidado con el uso que hacemos de nuestras palabras. Si Estados Unidos no es como cualquier otro imperio de la historia, tal y como afirma Bacevich, ¿entonces en qué sentido es un imperio? El uso del término puede apuntar algunas analogías útiles, pero también puede engañarnos, a nosotros y a otros, oscureciendo importantes diferencias. En muchos sentidos la metáfora del imperio es seductora. El ejército americano tiene una proyección global con bases alrededor del mundo y sus comandantes regionales algunas veces actúan como si fuesen procónsules e incluso son llamados procónsules en la prensa. El inglés es una lengua franca como lo fue el latín. La economía americana es la mayor del mundo, y la cultura americana funciona como un imán. Pero es un error confundir las políticas de primacía con las del imperio. Aunque ciertamente existen relaciones desiguales entre Estados Unidos y potencias más débiles, y que pueden conducir a la explotación ante la ausencia de control político formal, el término “imperial” puede llevarnos al error. Su aceptación sería una guía desastrosa para la política exterior americana porque falla a la hora de tener en cuenta cómo el mundo ha cambiado. Estados Unidos no es ciertamente un imperio en la forma en que pensamos los imperios europeos de ultramar de los siglos XIX y XX porque la característica más importante de aquel imperialismo era el control político directo. Estados Unidos tiene más recursos de poder que los que tenía Reino Unido en el momento cumbre de su poder imperial. Por otro lado, Estados Unidos tiene un control menor sobre el comportamiento en el interior de otros países que el que tenía Reino Unido cuando dominaba una cuarta parte del globo. Por ejemplo, las escuelas, los impuestos, las leyes y las elecciones de Kenia por no mencionar sus relaciones exteriores eran controladas por oficiales británicos. Incluso donde Reino Unido practicó el gobierno indirecto a través de potentados locales, como en Uganda, ejercía mucho más control que el que tiene Estados Unidos hoy. Algunos intentan rescatar la metáfora refiriéndose a un imperio informal o un imperialismo de libre comercio, pero esto sencillamente oscurece diferencias importantes en los grados de control sugeridas por las comparaciones con los verdaderos imperios históricos. Sí, los americanos tienen una amplia influencia, pero en el año 2003 Estados Unidos ni siquiera logró que México y Chile votaran a favor de una segunda resolución sobre Irak en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. El Imperio Británico no tuvo ese problema con Kenia o India. Los devotos del nuevo imperialismo dicen, no seas tan literal. «Imperio» es simplemente una metáfora. Pero el problema con la metáfora es que implica un control desde Washington que es irreal, y refuerza las fuertes tentaciones prevalecientes hacia el unilateralismo presentes en el Congreso y en parte de la Administración. Tal y como vimos en el capítulo uno, los costes de la ocupación de otros países se han vuelto prohibitivos en un mundo de múltiples nacionalismos, en el que la legitimidad del imperio es desafiada ampliamente. Vimos tamnién que el poder depende del contexto, y que la distribución de poder difiere ampliamente en función de los diferentes dominios. Vimos que en la era de la información global, el poder es distribuido entre países siguiendo un patrón que se parece a un complejo juego de ajedrez tridimensional. En el tablero superior de los asuntos político-militares, el poder militar es principalmente unipolar, pero en el tablero económico, en el medio, Estados Unidos no es un hegemón o un imperio, y debe negociar como un igual con Europa cuando actúa de forma unificada. Y en el tablero inferior de las relaciones transnacionales, el poder está disperso de forma caótica, y no tiene sentido utilizar términos tradicionales como unipolaridad, hegemonía, o imperio americano. Aquellos que recomiendan una política exterior imperial basada en descripciones militares tradicionales del poder americano confían en un análisis lamentablemente erróneo. Si estás en un juego tridimensional, perderás si te concentras únicamente en un tablero y no verás los demás tableros y las conexiones verticales entre ellos no serás testigo de las conexiones en la guerra contra el terror entre las acciones militares del tablero superior, donde derribamos a un peligroso tirano en Irak, pero incrementamos al mismo tiempo la habilidad de la red de Al Qaeda para ganar nuevos reclutas en la base, en el tablero transnacional. Gracias a su liderazgo puntero en la revolución de la información y a sus inversiones pasadas en poder militar, probablemente Estados Unidos seguirá siendo el país más poderoso bien entrado el siglo XXI. No es probable que los sueños franceses de un mundo militar multipolar se materialicen pronto, y el ministro de Asuntos Exteriores alemán, Joschka Fischer, ha evitado explícitamente esa meta. Pero no todas las formas importantes de poder proceden del cañón de una pistola. El poder duro es relevante para conseguir los objetivos que deseamos en los tres tableros de ajedrez, pero muchas de las cuestiones transnacionales como el cambio climático, la expansión de enfermedades infecciosas, el crimen internacional y el terrorismo no pueden resolverse únicamente mediante el uso de la fuerza. Estas cuestiones representan el lado oscuro de la globalización, son inherentemente multilaterales y requieren de la cooperación para su solución. El poder blando es particularmente importante para lidiar con las cuestiones que proceden del tablero de ajedrez inferior, el de las relaciones transnacionales. Describir semejante mundo tridimensional como si fuese un imperio americano fracasa a la hora de captar la naturaleza real de las tareas que debemos llevar a cabo en política exterior. Otro problema para aquellos que nos exhortan a aceptar la idea de un imperio americano es que malinterpretan la naturaleza subyacente de la opinión pública y las instituciones americanas. Aunque es verdad que la ocupación unilateral y la transformación de regímenes no democráticos en el Oriente Medio y en otras partes reduciría algunas de las fuentes del terrorismo transnacional, la cuestión es si el público americano toleraría un rol imperial para su gobierno. Escritores neoconservadores como Max Boot afirman que Estados Unidos debería proveer a los estados con problemas con el tipo de administración extranjera ilustrada que en su momento proveyeron ingleses seguros de sí mismos vestidos con pantalones de estilo jodhpur y casco de explorador, pero tal y como apuntó el historiador británico Niall Ferguson, los Estados Unidos modernos difieren mucho del Reino Unido del siglo XIX en nuestro corto marco temporal crónico. Aun siendo un defensor del imperio, a Ferguson le preocupa que el sistema político americano no esté capacitado para esa tarea y, para bien o para mal, está en lo cierto. Estados Unidos ha intervenido y gobernado países en América Central, el Caribe, y Filipinas, y estuvo tentado brevemente por el imperialismo real cuando emergió como potencia mundial hace un siglo, pero el interludio formal imperial no duró. A diferencia de los británicos, para los americanos el imperialismo nunca ha sido una experiencia confortable, y solo una pequeña porción de los casos de ocupación militar americana condujo directamente al establecimiento de democracias. El establecimiento de la democracia en Alemania y Japón después de la II Guerra Mundial sigue siendo la excepción más que la regla, y en esos países llevó casi una década hacerlo. El imperio americano no está limitado por la sobreexpansión imperial en el sentido de que costase una cantidad imposible de asumir de nuestro PIB. Durante la Guerra Fría, dedicamos un porcentaje mucho mayor de nuestro PIB a nuestro presupuesto militar de lo que hacemos hoy en día. La sobreexpansión vendrá de tener que controlar cada vez más estados periféricos con un público nacional resistente de lo que la opinión pública, americana o extranjera, podrá aceptar. Las encuestas muestran el escaso gusto entre los americanos por el imperio. En su lugar, el público americano continúa diciendo que apoya el multilateralismo y el trabajar con Naciones Unidas. Quizás es por ello que Michael Ignatieff, un canadiense que defiende la aceptación de la metáfora del imperio, lo califica al referirse al papel americano en el mundo como el imperio ligero. De hecho, el problema de crear un imperio americano sería más bien el de la “sub expansión imperial”. Ni el público ni el Congreso han demostrado la voluntad de invertir seriamente en los instrumentos de construcción nacional y gobernanza por oposición a la fuerza militar. El presupuesto total del Departamento de Estado sólo es el uno por ciento del presupuesto federal. Estados Unidos gasta cerca de diecisiete veces más en su ejército de lo que lo hace en sus relaciones exteriores, y hay pocos indicios de que esto vaya a cambiar en una era de recortes fiscales y déficit presupuestario. Por otra parte, nuestro ejército está diseñado para combatir más que para controlar, y el Pentágono bajo el Secretario de Defensa Donald Rumsfeld inicialmente recortó los entrenamientos para las misiones de mantenimiento de la paz. Estados Unidos ha formado un ejército que está mejor preparado para echar la puerta abajo, derrocar a un dictador, y luego irse a casa que para hacer el trabajo duro imperial de construir un régimen democrático. Por varias razones, tanto acerca del mundo como acerca de Estados Unidos, los americanos deberían evitar la engañosa metáfora del imperio como una guía para nuestra política exterior. El imperio no es la narrativa que necesitamos para ayudarnos a comprender y a hacer frente a la era de la información global del siglo XXI.

Referencia:

Nye Jr, JS y Ruiz, JT (2010). Prefacio y Capitulo 5 "El poder blando y la politica exterior americana". Relaciones internacionales: Revista académica cuatrimestral de publicación electrónica , 14 , 117-14

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